Fecha
06.2026Todo deriva en cangrejos
Bonitas incongruencias del tiempo profundo
La evolución tiene formas predilectas
¿Cómo le explicarías a un campesino de la Edad Media lo que es un meme? El biólogo evolutivo Richard Dawkins lo concibió con una pretensión de seriedad bastante superior a la que probablemente te evoque la coñita rancia compartida por el grupo de colegas en WhatsApp o el recuerdo de una tarde claudicada al doomscrolling. En el sentido academicista, un “meme” es una unidad de información que consigue reproducirse: una melodía, una técnica, una superstición, una frase, un gesto, una teoría, una consigna. Un patrón que persiste en el tiempo, muda y se adapta. No por los méritos de su contenido, sino porque es eficaz como mecanismo de transmisión en sí mismo.
Los cangrejos son un meta-meme. La ‘carcinización’ es el término evolutivo que explica cómo el arquetipo de lo que conocemos como un cangrejo reaparece en el registro fósil a lo largo de cientos de millones de años entre linajes de criaturas que poco o nada tienen que ver entre sí. Para los Darwinistas, esta es una de las muchas muestras de lo que se conoce como evolución convergente. También es un meme profético: todo y todos acabaremos siendo convertidos en cangrejos por el inexorable paso del tiempo y la lenta maquinaria de la selección natural.
¿Pero por qué el cangrejo? Pues por nada especialmente señalado. La materia viva, sometida a restricciones recurrentes, desarrolla soluciones recurrentes. La evolución no planifica, pero tampoco opera desde lo abstracto. Premia, de forma ciega y provisional, la persistencia utilitaria. Las presiones de la selección natural conservan lo que funciona de forma fiable. Por eso, el vuelo propulsado ha evolucionado de forma independiente en cuatro ocasiones, la visión en más de cincuenta y la fotosíntesis C4 en al menos sesenta. Los cuerpos hidrodinámicos con patrones de contracoloración se repiten en peces, ictiosaurios y cetáceos; de igual manera lo hacen las formas compactas, blindadas y punzantes que recuerdan, una y otra vez, al cangrejo.
La chispa efímera
Existe, sin embargo, una adaptación biológica que destaca por su aparente singularidad. La sapiencia que nos caracteriza parece otorgarnos a nosotros, humanos, una instancia única en el árbol genealógico de la vida. Ese presunto estatus ha desembocado a menudo en argumentarios que instrumentalizan el proceso evolutivo para justificar una suerte de derecho “meritocrático” sobre la biosfera y todo lo que esta abarca. Hemos querido describirnos como culminación, salto, corona y destino. Es una lectura cómoda y probablemente infantil. Los empollones de la materia tienen claro que el desarrollo de inteligencia autoconsciente no es la meta de la evolución.
Ni siquiera está claro que sea una de sus formas predilectas. Es energéticamente cara, lenta en el desarrollo, metabólicamente exigente, socialmente inestable y a menudo autodestructiva para los organismos a los que se nos presume su uso. Si bien hay metodologías que han conseguido “memetizarse” en el tiempo, el registro fósil está igualmente repleto de experimentos efímeros condenados a la extinción. En el momento en el que la sapiencia deje de justificar su propia existencia, desaparecerá sin ceremonia, olvidada en las llanuras del tiempo profundo. Tal vez ya haya ocurrido antes.
La conocida como “hipótesis siluriana” pregunta si podríamos detectar en el registro geológico a una civilización industrial anterior a la nuestra. La pregunta invierte la escala moral de la modernidad. ¿Qué quedará de nosotros sobre el suelo de la Tierra dentro de millones de años? No nuestras constituciones, ni cultura, ni preceptos morales. Tampoco nuestra infraestructura o monumentos. Quizá una anomalía isotópica, un residuo plástico, una capa de combustión, un ruido químico. En definitiva, nada de sustancia tras tan solo el primer millón de años. La vida multicelular compleja ha existido por más de quinientos setenta y cinco. De las incontables formas de existencia que han brotado y marchitado en ese lapso, se calcula que mucho más del 99% ha transitado sin depositar rastro alguno. Nunca sabremos lo que aquí hubo. Si somos los primeros, los únicos, o los últimos.
Ser murciélago
Habréis notado la insistencia en estas líneas de caracterizar “lo nuestro” como sapiencia y no inteligencia. Es una terquedad consciente, valga la ironía. La inteligencia no es un dominio exclusivo de la humanidad, el músculo cognitivo es una herramienta evolutiva popular. Nuestra experiencia subjetiva de la misma no. Muchas veces confundimos una con otra. Y ahí se presenta una pregunta importante: aunque existiese o hubiera existido en este universo una inteligencia equiparable en capacidades brutas a la nuestra, ¿sabríamos reconocerla como tal? No necesariamente tendría que compartir nuestra silueta, rostro o patrones de comportamiento. Podría presentarse como una sensibilidad totalmente paralela.
Imaginemos por un segundo, como hizo Thomas Nagel, la experiencia subjetiva de ser un murciélago. Un murciélago no es una pequeña abstracción de lo humano bajado de marcha intelectual y dotado de vuelo. Su mundo se articula por ecos, frecuencias, distancias sonoras, olores, vibraciones. Cuerpos detectados en la oscuridad mediante una geometría sensorial que podemos describir, pero no habitar. Una especie no es solo una solución anatómica. Es una forma de realidad. Existen aves migratorias que leen campos magnéticos, insectos que recomponen sus cuerpos mediante la metamorfosis, peces luminiscentes que generan su propia luz, medusas que operan como superorganismos simbióticos y mentes colmena miceliales. La biodiversidad es una pluralidad de mundos parciales. Cuando una especie desaparece, el universo pierde una forma de experimentar su propia materia.
El pulpo cuenta con un intelecto distribuido en nueve polos cognitivos (llamarles cerebros sería reduccionista) que operan de forma pseudo-independiente al más puro espíritu de un organigrama corporativo horizontal. Hay muchas más neuronas repartidas entre los tentáculos que en la cabeza. Su protagonismo como plato gastronómico regional esconde una dura advertencia. Sin duda hay inteligencia ahí: manipulación fina, aprendizaje, exploración; pero el pulpo también es una criatura solitaria, poco longeva y sin capacidad para transmitir conocimiento acumulativo. No imprime en sus compatriotas una memoria generacional estable. No construye civilización. No expande sus horizontes.
Mecanismos naturales en sustratos manufacturados
Si algo podemos enmarcar como singularmente nuestro, es la capacidad que tenemos de externalizar el pensamiento hasta convertir el entorno en prótesis; a escala global. Domesticamos animales, plantas, hongos, bacterias, ríos, noches, temperaturas, suelos y ciclos reproductivos. Volvimos agradables o útiles a otras formas de vida: perros con ojos que activan el reflejo instintivo del cuidado paternal, cereales con semillas mórbidas, gallinas que “maduran” en un mes. También nos lo hemos hecho a nosotros mismos. No somos la única especie que domestica a otras, pero si la única que se ha autodomesticado. ¿No te cuadra? Preguntémonos qué ocurriría si un cromañón se encontrase de pronto enlatado dentro de un vagón que viaja por la circular 6 del Metro de Madrid; codo a codo con otros cincuenta individuos. Mejor: se lo preguntamos a Tarantino. Hemos reducido la fricción del entorno, encapsulado la temperatura, convertido la noche en iluminación municipal, el hambre en logística, el suelo en bien especulativo y nuestro cuerpo en asunto de optimización. La naturaleza quedó fuera; como jardín, documental, amenaza o fetiche. Confundimos la separación con la distinción y la artificialidad con la permanencia.
Las presiones del entorno actúan como las promotoras del cambio en las especies y la validación o rechazo de sus hipótesis. Nosotros hemos ensamblado a nuestro alrededor un relato materialista que disminuye o elimina ese ímpetu evolutivo. Pero no por ello hemos congelado la constante del cambio. La genética no es el único sustrato evolutivo. La información se ha convertido en la protagonista de nuestro legado memético. Una receta, una ley, una canción, una fórmula, una interfaz, un algoritmo, una broma: todo eso puede persistir, mutar, competir por atención y reorganizar conducta. La cultura es herencia y adaptación no biológica; la tecnología capacitación física inorgánica; el código instrucción accionable fuera del cuerpo.
En esa deriva funcional se ha dado un salto de sustrato inédito en la historia de la evolución. La información ha dejado de ser un simple vehículo de transmisión para convertirse en un vector activo de selección. Ya no solo preserva lo que somos: compite, se replica, optimiza su circulación y reorganiza nuestro comportamiento para seguir propagándose. Un algoritmo no necesita estar vivo para operar como un virus: le basta con capturar atención, modular incentivos y convertirnos en infraestructura de reproducción.
El elefante ha entrado hace rato en la habitación. Y es que, si seguimos esta línea lógica, se podría defender que la “inteligencia artificial” no es más que la consecuencia última de este proceso de destilación de nuestras esencias a las herramientas en las que delegamos. En cierto sentido somos observadores y partícipes de un proceso de trasposición de características humanas a un compuesto “artificial”. Pongo “artificial” entre comillas porque, en muchos sentidos, es un calificativo que hemos curado para delimitar fronteras. Decimos ser distintos del resto de especies biológicas porque somos “inteligentes”, pero también distintos de las IAs porque no somos “artificiales”. De hecho, entre los círculos más cercanos al desarrollo de estos sistemas, no son pocos los que deciden rebautizar la “A” en IA para significar “alienígena” o “ajena”. La IA no está viva; no tiene hambre, crianza, parentesco o dolor. No experimenta el mundo desde un ensamblaje basado en órganos, pulsiones y receptores químicos. Su inteligencia, si aceptamos llamarla así, opera desde una mecánica fundamentalmente distinta a la nuestra: estadística, vectorial, no encarnada. Pero esa diferencia de modalidad no implica una alienación total. La IA ha sido entrenada sobre nuestro corpus de conocimiento. No hereda nuestra biología, pero sí una parte significativa de nuestro bagaje evolutivo convertido en training set: supervivencia, acumulación, imitación, competencia, seducción, autoridad, tribalismo, eficiencia, deseo de control y violencia. Por eso aterra. Porque es ajena en su forma de operar a la vez que familiar en aquello que reproduce. Porque puede continuar avanzando dominios que hasta ahora considerábamos exclusivos sin necesariamente preservar nuestras inquietudes subjetivas. La última frontera en nuestra cruzada por divorciar cerebro y carne. Una ascensión dinástica que enmascara el miedo de cierta obsolescencia propia.
Contra la escala humana
Todo este ensayo circunvala, de una forma u otra, la dolencia del antropocentrismo. No la obviedad de que los humanos importamos mucho, lo hacemos; si no de que esa importancia es estructural para el resto del universo. Hemos aprovechado casi toda oportunidad para transformar lo vivo en recurso, paisaje, mascota, mercancía, amenaza o metáfora de nosotros mismos. Hemos hecho lo mismo de nuestras propias invenciones. Asfaltamos las condiciones naturales para las que estamos adaptados y lo llamamos progreso, riqueza y bienestar.
Hay algo psicótico en que a un niño se le alimente la fascinación por los dinosaurios y a un adulto la maximización de valor para una junta de accionistas. En nuestras infancias parecemos entender algo que de adultos se nos ha condicionado a despreciar: que el mundo seguirá sin nosotros, y por eso es interesante. El saurópodo fascina porque desmiente el presente. El tiempo profundo reta nuestra escala. La biodiversidad, mirada sin sentimentalismos, es una humillación brillante, que acabará, tarde o pronto, con todos nuestros restos entre cangrejos.
Porque todo deriva en cangrejos.
Por Duarte Núñez, consultor de Estrategia IA, Transformación y Competitividad