Fecha
03.2025Patriota, nacionalista, español/a
Por Javier Moreno Luzón
Cuando visité Harmon, para hablar de historia y de política, enseguida surgieron preguntas sobre el título de mi último libro: El rey patriota. Alfonso XIII y la nación (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2023). ¿Por qué se llama así?, ¿qué significa patriota?, ¿acaso no es lo mismo patriota que nacionalista? Luego, en el debate, apareció otra cuestión, relacionada con el nacionalismo y la identidad nacional: ¿puede alguien sentirse español/a, o catalán/a, o francés/a, sin ser necesariamente nacionalista?
Las respuestas no resultan fáciles, y recorren las polémicas entre especialistas desde hace décadas. No hay, en absoluto, un acuerdo general sobre la materia. Después de haberle dado bastantes vueltas, tengo mi propia visión acerca del significado de estos conceptos, que marcan mi trabajo como historiador. Por eso el libro se titula El rey patriota. En síntesis, creo que no hay razones de peso para diferenciar entre un/a patriota y un/a nacionalista, por lo que también podría denominarse El rey nacionalista. No obstante, debe distinguirse entre identidad nacional y nacionalismo. Un rey español no sería lo mismo que un rey patriota o nacionalista. Me explico.
En el lenguaje político habitual, las palabras patriota y patriotismo tienen connotaciones positivas, mientras que nacionalista y nacionalismo suelen acusar un sesgo negativo. En teoría, la diferencia está clara: el patriota ama a su tierra, es un ciudadano ejemplar, dedicado al bien común, pacífico y proclive a la inclusión de cualquiera; el nacionalista exalta la uniformidad del colectivo y excluye de él a los distintos, se ve dominado por las emociones y deviene agresivo. Si las actitudes patrióticas favorecen el disfrute de la libertad en democracia, algo perceptible ya en la antigua Grecia; las nacionalistas rechazan la tolerancia y fomentan la tiranía en el mundo moderno. No es difícil reconocer las pulsiones radicales del nacionalismo en las catástrofes recientes, desde Rusia hasta Israel.
Sin embargo, en la práctica las cosas son más complicadas. A partir de finales del siglo XVIII, una vez que la nación se convirtió en el origen de la soberanía, en el artefacto que legitima el poder político en la época contemporánea, el viejo patriotismo se fundió con el nuevo nacionalismo. Hay patriotas que piensan en sus patrias chicas, pueblos o comarcas, pero en general juran lealtad a las naciones. Es decir, defienden la ubicuidad de comunidades homogéneas, dotadas de derechos, que pueden constituir Estados con fronteras reconocibles. Los imperios multinacionales, con sus lealtades dinásticas y su confuso pluralismo cultural, quedaban condenados a la extinción. Como las naciones así imaginadas casi nunca existían, los nacionalistas se dedicaron a construirlas: a normalizar y difundir la lengua nacional, a escribir la historia patria, a buscar el alma del pueblo en la música o en el arte.
Por lo común, los partidarios de un Estado-nación vigente se identifican a sí mismos como patriotas, mientras tachan de nacionalistas a quienes aspiran a dotar a su patria de un Estado independiente. Pero ambos abogan por un fin similar: la coincidencia de los límites estatales con los de su propia comunidad. Todo lo más, podríamos asimilar el patriotismo al llamado nacionalismo político o cívico, que prima los valores compartidos y plasmados en las leyes, frente al nacionalismo étnico o cultural, que prefiere los rasgos identitarios –la religión, el idioma, la estirpe—que singularizan a cada nación. Por supuesto, el primero cohabita mejor con los principios democráticos que el segundo. El problema llega cuando la realidad desmiente estas distinciones, pues apenas hay ideario o práctica nacionalista que no subraye las características culturales de su patria. Por muy unida que esté a la herencia cívica de su gran revolución, Francia promueve la lengua francesa. En fin, cabría concluir que el patriota doctor Jekyll y el nacionalista míster Hyde, como en la novela de Robert Louis Stevenson, son la misma persona.
En cuanto a la identidad nacional, hay quien cree que todos somos nacionalistas aunque no lo sepamos, que la vinculación más o menos afectiva con una patria nos transforma en activistas, actuales o potenciales, en su favor. Pero aquí sí procede, a mi juicio, un deslinde más nítido. Igual que en otras muchas identidades colectivas, que confluyen en cada individuo y no han de confundirse con su militancia en una causa, en un movimiento sociopolítico. Alguien puede sentirse español o catalán y eso no lo transforma sin más en españolista o catalanista, lo mismo que una mujer no se comporta de manera automática como una feminista o que un trabajador no participa obligatoriamente en un sindicato. El nacionalismo implica movilización, y la identidad nacional facilita, pero no presupone, ese apoyo partidista.
La discusión sigue abierta. Estas cuestiones, nos guste o no, afectan a nuestras vidas y se ubican en el centro de nuestra convivencia, con especial intensidad en países como España. Sin duda, siempre será mejor optar por fórmulas civilizadas que permitan mantener la paz, no discriminen a nadie y garanticen el disfrute de derechos y libertades garantizados por el orden jurídico, en condiciones de igualdad. Fue, por ejemplo, el empeño de quienes en Alemania abogaron por el patriotismo constitucional, contra el legado siniestro del nazismo. Dentro de la lógica nacional encajan múltiples soluciones federales, simétricas o no. Pero tal vez sea también conveniente buscar un horizonte supranacional, que permita dejar atrás los conflictos enquistados: la Unión Europea representa el mejor modelo de éxito en este terreno. O mirar el mundo con ojos cosmopolitas, que se fijen en el conjunto de la humanidad más que en sus partes, para transitar caminos alejados de los ya recorridos una y otra vez. Desde luego, el futuro no está escrito.
Javier Moreno Luzón es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.