Fecha
02.2025Ausencias de invierno
Fernando Buesa. In memoriam
Entre tanto, los ojos que no quieren ver cierran su mirada y su conciencia. Hasta que un estallido quiebra la tarde y el caminar de los pasos. Dos hermosos cuerpos saltan por los aires bajo ancianos árboles que les quieren y ojos que no les quieren ver…
«Asesinato en febrero», Elías Querejeta
Entre el 21 de enero y el 22 de febrero de 2000 transcurrieron treinta y un aciagos días. Entre Madrid y Vitoria-Gasteiz existe una distancia de 340 kilómetros de meseta castellana. Entre ambas fechas y ambas ciudades se sitúa el trágico comienzo del largo y sanguinolento invierno de hace veinticinco años.
En aquel año, ETA decidió romper la tregua trampa de 1998 con el asesinato en Madrid del coronel Pedro Antonio Blanco. Semanas más tarde, el 22 de febrero, a las 16:38 exactamente, ETA hizo saltar por los aires los cuerpos inocentes del dirigente socialista Fernando Buesa y de su escolta, Jorge Díez, mientras caminaban destino a la sede vitoriana del PSE-EE. Aquel estallido, aquellas llamas, aquel frío, aquel estruendoso silencio en el corazón de las instituciones del autogobierno vasco quedaría grabado para siempre en los oídos de una sociedad que llevaba ya demasiado tiempo soportando la violencia de ETA.
El ambiente de aquellos meses es parecido a una nebulosa tormentosa de bombas y balas, de división y crispación. Todo lo que no fue en los años de plomo, con su insoportable número de asesinatos, lo fue entonces en una sociedad vasca que caminaba entre el hastío -había despertado años antes, por fin, con la estrategia de “socialización del sufrimiento” de la banda y crueles atentados como los de los populares Gregorio Ordoñez y Miguel Ángel Blanco- y el precipicio de la división. En la biografía de Buesa, escrita por Antonio Rivera y Eduardo Mateo, los autores describen la atmósfera de una comunidad “cerca de la ruptura y donde todos los vascos vivimos peligrosamente”. En aquella época, la deriva de agrupación nacionalista del Pacto de Lizarra generó una brecha casi insalvable y dejó una sociedad partida en dos.
Fernando Buesa lo había sido casi todo en la política vasca: concejal de Vitoria, procurador en las Juntas Generales de Álava, diputado general de Álava, consejero de Educación, Universidades e Investigación y vicelehendakari del Gobierno Vasco. Su paso por las instituciones dejó un extraordinario testimonio de oratoria y firmeza en sus convicciones. Y muchos de los debates que él planteó siguen de plena actualidad en la política vasca: el sistema educativo vasco, los servicios sociales, la importancia de la noción de ciudadanía, de la cultura cívica, etc.
La Fundación Fernando Buesa Blanco, que en breve cumplirá un cuarto de siglo, se encarga de recopilar y difundir el pensamiento del dirigente socialista. Su biografía, publicada en el año 2020, los discursos en la tribuna de las Juntas Generales de Álava, o el material audiovisual de las intervenciones de Buesa en el Parlamento Vasco constituyen el legado y el bien más preciado que cobija la fundación. La exposición “Buesa, el valor de la palabra”, itinerante en diferentes ciudades de Euskadi, ha querido también acercar su figura para que la memoria no se pierda.
Aquellos primeros meses del año 2000 fueron sólo el comienzo de un año envuelto en la pesadilla del terror: 23 personas asesinadas por ETA y 66 atentados que sacudieron, una vez más, a la sociedad vasca y española. Pero ninguna muerte fue en balde. Las doloras ausencias de las víctimas nos recuerdan, veinticinco años después, que no hay sociedad sana que se pueda construir sin yacimientos morales sólidos, como el respeto, la tolerancia y la memoria.
Hoy, cabe preguntarse si estamos pasando página demasiado rápido. Según los estudiosos de comunidades azotadas por la violencia, las sociedades que viven procesos traumáticos tienden a normalizar el pasado para poder vivir el presente e, hipócritamente, el futuro. Seguramente la respuesta sea más sencilla de lo que a veces creemos: quienes participaron activamente en aquel aquelarre sangriento se ven legitimados hoy para seguir refiriéndose a los asesinos como presos políticos. Por su parte, los que miraron para otro lado, como turistas morales en su propio país, se resisten a reconocer que su indiferencia causó, en gran medida, que el drama se extendiera a lo largo de tantas décadas. Y quienes sufrieron directa o indirectamente la violencia y el terror estorban, por tanto, en su impertinente afán de que la memoria de aquellos inviernos nunca se pierda.
Este año, como cada 22 de febrero, sonará en los jardines de la Libertad de Vitoria la canción del cantautor Imanol “Ausencia”. Justo al lado de donde fueron asesinados Fernando Buesa y Jorge Díez hace ahora veinticinco años. Entonces, todavía quedaban once años más, y decenas de muertes, para acabar con la pesadilla del terror. Hoy, el recuerdo de sus ausencias sigue siendo necesaria. Más que nunca.
Y es lo que llaman en el mundo ausencia
Fuego en el alma y en la vida infierno
Y lo que es temporal llaman eterno
Es lo que llaman en el mundo ausencia
“Ausencia”, de Imanol.
Por Javier Sánchez-Somoza