Fecha

11.2025

El cuidado como gesto político

Entre la gentrificación y el turismo masivo, la atención se vuelve un acto de resistencia.

Sentada en la terraza de un bar en la plaza Santa Cruz de Madrid, una señora mayor pide dos cafés. Es sábado por la tarde y el sol se cuela entre las calles estrechas del barrio de las Cortes. El camarero entra a la barra y grita: «¡Un café para Manuela y otro para su hermana!». Vuelve a salir a la calle y saluda a un par de transeúntes en un español cuasi perfecto. Quizás sean trabajadores de las cafeterías de alrededor, que terminan su turno de mañanas y emprenden el camino a casa. Quizás, también, hacia los barrios del sur, donde la ciudad aún respira a otro ritmo.

Me sorprende encontrar esta interacción en el Madrid de los Austrias, a una calle de la Plaza Mayor. Además de este encuentro, simultáneamente observo una pareja con maletas, una familia hablando en alemán y un grupo de personas que a mi parecer están haciendo un descanso entre un brunch viral de RRSS y un freetour. Cada situación que aparece se va superponiendo en una especie de palimpsesto que da forma a la ciudad. Capas de vidas vecinales, turistas y trabajadores que se cruzan, revelando distintas formas de habitar el mismo espacio.

Esta mezcla de escenas también muestra cómo el turismo reordena las formas de mirar. Mientras unas nacen del hábito y la cercanía, otras responden a una coreografía repetida una y otra vez. Como explica Ana Pacheco en Estuve aquí y me acordé de nosotros, en los lugares turísticos tendemos a mirar lo que otros ya han mirado. La percepción se homogeneiza: buscamos hacer la misma foto del cartel de Schweppes y vivir la experiencia que otros ya han validado. En este sentido, la ciudad se diluye. Queda empaquetada en experiencias que extraen el valor de lo local. Lo vacían de significado y ponen en el centro la inmediatez, la apariencia y el consumo.

El contraste de temporalidades se hace evidente. Por un lado, la de Manuela y su hermana, que todavía nos recuerda a un espacio donde el tiempo pasa lento y se establecen vínculos más allá del frenesí. Sin embargo, también coexisten con aquellos que vienen y van con prisa. Aquellos que ocupan la ciudad de manera transitoria y la transforman en un gran no lugar, un espacio sin memoria. Como describe sobre este concepto el antropólogo francés Marc Augé, nos evoca a una modernidad baudeleriana, una ciudad que se vive más como espectáculo que como un entrelazado de vidas rutinarias. Una ciudad líquida, diría Bauman, donde todo cambia y se disuelve con la misma rapidez con la que se consume. Quizá por eso Blas de Otero define a Madrid como su madrastra. Así la sienten quienes llegan desde otras provincias buscando trabajos estables y una vida más digna. Y, sin embargo, se topan con alquileres prohibitivos, precariedad y una calidad de vida que disminuye cada vez que entran en la línea 10 de metro.

Si este turismo neocontemporáneo convierte a Madrid en un no lugar desprovisto de vínculos, lo que falta es precisamente lo que Simone Weil llamaba “la forma más rara y pura de generosidad”: la atención. Esa que no es la mirada fugaz del turista. Esa que implica cuidado. Reconocer al otro en su existencia cotidiana. Pararse a observar a Manuela y a su hermana es ver que aún quedan vecinas que sostienen la vida en un espacio diseñado para ser explotado y consumido. Un lugar donde los sueldos bajos, los alquileres altos y la precariedad va permeando en la vida de muchos. Por eso, la atención y los cuidados se vuelven actos reivindicativos. Formas de tejer comunidad frente al aislamiento y la indiferencia que domina la vida urbana.

En medio de este círculo de inmediatez, detenerse a mirar, a mirar de verdad, se convierte en un gesto político. Frente a falsas promesas de progreso, la atención devuelve peso a lo cotidiano. Cuidar un centro cultural, una plaza o la relación con el barrio es una forma de resistencia silenciosa. Es decir, una manera de afirmar que la ciudad no solo existe para consumir.

Quizás el futuro de Madrid y de otras tantas ciudades, dependa de esa capacidad de atención. De reconocer lo que todavía late en las voces que no escuchamos y en los lazos que aún se tejen pese a todo. Porque allí donde alguien cuida y escucha, todavía hay posibilidad de comunidad, de arraigo y de sentido.

 

Por Raquel Alonso Teuler

Autor

Harmon

Categorías:

Este sitio web utiliza cookies
Este sitio web usa cookies para mejorar la experiencia del usuario. Al utilizar nuestro sitio web, usted acepta todas las cookies de acuerdo con nuestra política de cookies.
Aceptar todas
Rechazar todas
Mostrar detalles