Fecha
03.2026Al cielo con ellas
Lo que el furor del March Madness revela sobre el momento del baloncesto femenino en España
Hay una paradoja curiosa en la relación actual que mantenemos con Estados Unidos. En lo político, el escepticismo crece: los aranceles, la distancia diplomática, cierta indiferencia ostentosa hacia Europa. Y, sin embargo, en lo cultural, la corriente sigue fluyendo en sentido contrario. Las grandes organizaciones deportivas americanas miran hacia aquí con una ambición que sus líderes políticos raramente exhiben. La NBA lleva un tiempo tanteando una competición transatlántica permanente. Es una tensión que dice algo sobre cómo funcionan realmente las sociedades: los vínculos que importan no los tejen los gobiernos, sino los relatos compartidos.
Uno de esos relatos se repite cada marzo en Estados Unidos con una puntualidad casi litúrgica. El NCAA Tournament —conocido como March Madness— lleva ocho décadas convirtiendo un torneo universitario de baloncesto en el mayor acontecimiento deportivo del año, por encima incluso de las finales de la NBA. Lo fascinante no es el deporte en sí, sino lo que genera: millones de personas siguiendo con fervor a estudiantes anónimos de universidades que quizás no sabrían situar en un mapa, sintiéndose parte de algo que técnicamente les es ajeno. Es la misma lógica que convierte ciertos libros, ciertos movimientos o ciertos momentos en fenómenos que nadie termina de explicar del todo. Surgen porque algo ya estaba ahí, esperando que alguien lo sostuviera con la mirada.
En la edición femenina de los últimos años, esa lógica tomó nombre propio: Caitlin Clark. La base de Iowa batió récords históricos de audiencia siendo universitaria, sin el respaldo de una franquicia millonaria ni de décadas de visibilidad acumulada. Lo que construyó fue algo más escurridizo que el inicio de una carrera deportiva extraordinaria: un relato que la gente sentía como propio, aunque jamás hubiera visto un partido. Cuando eso ocurre —cuando algo traspasa su propio ámbito y encuentra a gente que no lo estaba buscando— ya no estamos hablando (solo) de deporte.
España ha tenido jugadoras de gran talla mundial —Laia Palau, Anna Cruz, Silvia Domínguez, entre muchas otras— presentes en la élite durante décadas, ganadoras de cuanto había que ganar. La mayoría las descubrimos tarde, casi de refilón, cuando ya estaban al final de sus carreras. No es una cuestión de mérito ni de esfuerzo: es una cuestión de foco. Lo que no entra en el encuadre no desaparece, pero tampoco deja huella. Y la huella —lo que una generación da por posible sin cuestionárselo— es, a largo plazo, lo que de verdad transforma las cosas.
Los números sugieren que algo ha cambiado. La Federación Española de Baloncesto cerró 2025 con casi medio millón de licencias federadas —un crecimiento superior al 20% en cuatro años— y el detalle más elocuente es el que pasa más desapercibido: las licencias femeninas crecen al doble de ritmo que las masculinas. El baloncesto es ya el deporte con más mujeres federadas de España. Ese crecimiento no lo explica ninguna campaña institucional en particular. Lo explica, en buena medida, que hay una generación de niñas que crece viendo a Mariona Ortíz, Raquel Carrera, Iyana Martín como algo que simplemente forma parte de lo que es posible, sin que nadie haya tenido que convencerlas de ello.
Y en eso estamos, vivimos un momento en el que las relaciones transatlánticas se negocian con desconfianza, y al mismo tiempo la NBA sueña con instalarse en Europa. Hay algo revelador en esa imagen: mientras unos levantan barreras, el deporte sigue tendiendo puentes, porque los relatos que de verdad conectan a las personas no entienden de fronteras ni de aranceles. Y un ejemplo de eso es precisamente el March Madness: un torneo universitario que con Caitlin Clark acabó diciéndonos algo sobre cómo una sociedad decide a quién dirige la mirada. España tiene hoy su propio material en bruto. El foco sobre el baloncesto femenino crece, y con él crece una cantera y una primera línea que ya compite en la élite mundial. Hay algo en el ambiente que todavía espera ser nombrado, pero que se parece mucho a un relato en formación, y ese relato tiene cada vez más cara de mujer. Lo que falta es sencillo de enunciar y más lento de hacer: que ellas sigan ahí, compitiendo y ganando, y que nosotros aprendamos a mirar (y apostar por ellas). Porque lo que se ve, existe. Y lo que existe, inspira. Aprender a mirar, a fin de cuentas, siempre va antes que cualquier otra cosa.
Por Irene Mulà Olmos – Mánager en Harmon