Fecha

07.2026

Buen verano

La psicología lleva más de una década estudiando por qué algunas fechas nos hacen sentir que podemos volver a empezar.

Llega el verano y con él una sensación conocida: por fin paramos. Bajamos el ritmo, nos vamos unos días, dejamos para septiembre lo que no hemos resuelto en junio.

Hay un nombre para esto. En 2014, la profesora de Wharton Katy Milkman y sus colegas Hengchen Dai y Jason Riis describieron el fresh start effect: usamos fechas como el lunes, el cumpleaños, el año nuevo o la vuelta de vacaciones como hitos que nos permiten separar a un yo anterior —imperfecto, cansado, con la lista de deberes a medias— de un yo nuevo que por fin lo va a hacer bien. Funciona como una frontera mental: todo lo de antes de esa fecha queda archivado en «otra etapa», y lo de después empieza en una página en blanco, sin el peso de los fallos anteriores. Sirve casi cualquier fecha, en realidad, siempre que se perciba como el cierre de algo: un cumpleaños, un lunes, el primer día en un trabajo nuevo, la vuelta de vacaciones. Lo demostraron con datos, no con intuiciones: las búsquedas en Google de la palabra «dieta» repuntan justo después de esas fechas, las visitas al gimnasio también, y el número de personas que se compromete a perseguir un objetivo nuevo sube más los días posteriores a un lunes, un cumpleaños o un uno de enero que en cualquier otro momento del año. El efecto es real y se puede medir. Pero es, sobre todo, mental. La fecha no cambia nada por sí sola. Solo nos da permiso para intentarlo otra vez.

Y septiembre tiene trampa. De septiembre a diciembre quedan pocos meses para seguir dándonos ese permiso, así que enseguida aparece la siguiente fecha de rescate: el año nuevo, el nuevo curso, el próximo ciclo. Vivimos encadenando hitos; el verano, la vuelta al trabajo, el cierre del ejercicio, enero, porque mientras haya uno por delante, podemos seguir aplazando la pregunta de fondo.

Y las preguntas de fondo, mientras tanto, siguen ahí. Esta es, de largo, la generación más formada de la historia de España: en 1980 solo el 16% de los jóvenes de entre 25 y 34 años tenía estudios superiores; hoy son más de la mitad. Y aun así, según el primer Indicador Sintético de la Juventud, elaborado por la Fundación PwC y el Círculo de Empresarios con datos del INE, el Banco de España y Eurostat, esta generación vive peor de lo que vivían sus padres a la misma edad. Empieza por el trabajo: casi uno de cada cuatro menores de veinticinco años está en paro, casi diez puntos por encima de la media europea, y de los que sí trabajan, más de un tercio ocupa un puesto por debajo de su formación. No es que no se hayan preparado. Es que se han preparado más que nadie antes que ellos, y el mercado no lo nota.

Sigue por la vivienda, que es donde más se nota la distancia entre generaciones y donde ese mismo indicador sitúa el mayor deterioro de todos. En los años 80, una familia con el sueldo medio podía comprar un piso en menos de una década; hoy, respetando los límites de endeudamiento recomendados, hacen falta de media más de 45 años de sueldo íntegro. La edad media para comprar la primera vivienda supera ya los 41 años, y solo uno de cada seis menores de 30 vive fuera de casa de sus padres, la cifra más baja desde 2006. Los sueldos jóvenes han subido un 30% en la última década; el alquiler, un 82% en el mismo periodo. Y cuando la presión aprieta, tampoco hay mucho margen para pedir ayuda: la lista de espera para una primera cita de psicología en la sanidad pública supera los seis meses, el doble que la media europea.

Todo esto acaba, casi inevitablemente, aplazando lo siguiente. En 2024 nacieron en España 318.005 niños, la cifra más baja en dos décadas: el número medio de hijos por mujer cayó hasta 1,10, un mínimo histórico, y la edad media al primer hijo supera ya los 32 años. No es que no se quiera: es que no hay dónde meter una familia, ni tiempo ni sueldo con el que sostenerla. Y quien sí llega a formar una, a menudo se encuentra sosteniendo a la generación de arriba y a la de abajo a la vez: más de la mitad de quienes cuidan a un familiar dependiente en España tienen también hijos a su cargo, dedican de media veinte horas semanales a ese cuidado, y tres de cada cuatro han tenido que recortar su descanso para sostenerlo. La generación sándwich, la llaman: sostiene por los dos lados y no descansa por ninguno.

Y aun rodeados de tanta gente a la que cuidar y de tanta gente a la que responder, una de cada cinco personas en España sufre soledad no deseada. El 34,6% entre los 18 y 24 años, casi el doble que la media, y dos de cada tres llevan así más de dos años. Preguntas que ningún hito temporal resuelve por sí mismo, por muy simbólico que sea.

El ecosistema político tampoco entiende de treguas veraniegas. El Gobierno tiene previsto llevar unos nuevos Presupuestos Generales del Estado al Congreso en septiembre, otra vez con el resultado en el aire, y el propio presidente ya ha dejado abierta la puerta a que, si no salen adelante, haya elecciones generales a partir de enero de 2027. En Bruselas pasa algo parecido, con matices: allí también hay agosto, y el Parlamento y la Comisión paran igual que todo el mundo. Pero el próximo marco financiero plurianual —el presupuesto de toda la Unión para 2028-2034— lleva meses de negociación con el mismo compromiso que se repite edición tras edición: cerrarlo cuanto antes, que en la práctica casi nunca significa antes de septiembre. Nos vamos sin saber qué quedará roto o recompuesto cuando volvamos, qué temas resucitarán en septiembre y cuáles quedarán enterrados bajo otros más urgentes. Ninguna de esas fechas espera a que decidamos que estamos listos.

Pero ese ecosistema tampoco es lo único que importa. La política también pasa. Los titulares envejecen rápido, los nombres se sustituyen. Mientras tanto siguen ahí las preguntas de fondo: cómo vivimos, cómo trabajamos, qué responsabilidad asumimos desde el sitio (pequeño o grande) que ocupa cada uno.

Y aquí es donde vuelve a aparecer la trampa del fresh start effect, pero a una escala mucho más incómoda que la personal. Si ya cuesta creer que un lunes o un uno de enero vayan a arreglar algo de verdad, cuesta todavía más creer que septiembre vaya a resolver algo de esto. Ni la vivienda, ni la natalidad, ni los cuidados, ni la soledad, ni los Presupuestos, ni el marco financiero plurianual entienden de calendarios. Son estructurales, y lo estructural no se aplaza: se acumula, año tras año, mientras seguimos repartiendo el peso entre fechas que prometen un corte limpio y nunca lo dan del todo.

Y sin embargo seguimos poniendo fechas encima de todo esto. Seguimos repitiéndonos que en septiembre lo vamos a mirar con más calma, que el año que viene será distinto, que en cuanto pase esto o aquello por fin habrá margen. No es ingenuidad, o no solo. Milkman y sus colegas lo llamaban, literalmente, «motivación aspiracional»: necesitamos esas fronteras artificiales para poder seguir creyendo que todavía decidimos nosotros quiénes vamos a ser, aunque el problema de fondo, el alquiler, la lista de espera, el cuidado que no cuadra en ningún calendario, siga exactamente dónde estaba el día antes de la fecha señalada.

Puede que la única diferencia real esté en dejar de esperar que la fecha haga el trabajo por nosotros: mirar de frente lo que no se ha resuelto, aunque no tengamos ninguna fecha de entrega para resolverlo, y sostener la pregunta en lugar de aplazarla una vez más.

El fresh start effect tiene truco, decíamos: no cambia nada por sí solo, solo da permiso. Da igual: cogemos el permiso. Buen verano. Septiembre seguirá aquí cuando volvamos, con los mismos Presupuestos, las mismas preguntas de fondo, generacionales incluidas, y, probablemente, el mismo BOE por leer. Nosotros seguiremos con lo de siempre, leer el entorno, escuchar, acompañar a quien necesita entender mejor el mundo en el que opera, sin esperar a ninguna fecha concreta para hacerlo mejor. Nos vemos al otro lado.

 

Por Alejandro Rivera, consultor de Asuntos Públicos

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Harmon

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