Fecha
04.2025Breve manual para parar el viento
Por Raquel Cernuda para el Día del Libro 2025
“Completa quietud del aire”, así define la RAE el término “calma” en una de sus últimas acepciones. Viene del griego y hace referencia a la navegación, a esos días sin viento que hacen que el mar esté tranquilo. De Polifemo a Eolo, la tradición clásica recoge la importancia de los vientos: pueden acercarte o alejarte de casa, pero lo que hacen es, sin duda, agitarte.
El viento no es nuevo, siempre ha soplado con más o menos fuerza; lo que sí parece es que nos está sacudiendo de un modo particular. Inestabilidad política, desconfianza en las instituciones, deterioro de los vínculos comunitarios, saturación de información, incertidumbre, hiperexigencia, ausencia de tiempo libre… Estos nuevos vientos nos alejan, nos acercan… nos agitan. ¿Cómo resistirnos a esa agitación?, ¿a qué asirnos cuando nada es lo suficientemente estable, cuando todo cambia, cuando esto, definitivamente, ya no es Kansas?
Tenemos pocos espacios de completa quietud del aire. El viento castiga el cuerpo constantemente -viajes, trabajo, compromisos, visitar a la familia, todo está lejos, estoy cansada-, pero más castiga la mente -ese mail, la cita médica, falta leche, no llego, la cartulina para el cole, mejora el inglés, esta semana no he ido al gimnasio, ¿se está tomando papá la pastilla?-.
En temporada de borrascas, buscar refugios de quietud se vuelve urgente. Al margen de soluciones colectivas, que las hay y no hay que desdeñarlas, no existen muchas formas de resistirse individualmente a esta agitación. Solo se me ocurre una, y la anticipó Alonso Quijano: «Créame, y como otra vez le he dicho, lea estos libros, y verá cómo le destierran la melancolía que tuviere, y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala».
Es una cárcel, leer. Tienes que estar forzosamente quieto, solo permite un ligero balanceo, de hamaca, un mecerse infantil como mucho. La vista no puede vagar libre, es imprescindible que esté cosida, como la sombra al talón, a la página. La peor condena es para el cerebro: no hay manera de leer pensando en otra cosa; o piensas, o lees, todo no se puede.
En un mundo huracanado, sentarse a leer facilita la completa quietud del aire. No hay levante, alisio, mistral o nordés que pueda contra la calma de un libro abierto y todo lo que eso supone: un cuerpo detenido, una vista posada, una mente -casi- silenciosa.
¿Lo mejor? Da igual lo que se lea, es magia. El truco funciona para el último superventas, un códice medieval, ensayos sobre mecánica de fluidos o un cómic. El proceso, aún a riesgo de imitar a Tip y Coll y su vaso de agua, es el siguiente: localizamos un libro que nos interese, nos acomodamos, abrimos el libro y rompemos a leer. Parece sencillo, pero no lo es. El viento sabe soplar en forma de brisa tímida, a veces como el ring de una notificación, a veces como un pensamiento intrusivo. No cedas, porque tras esa brisa suele esconderse el huracán.
De vez en cuando vuelve a los medios el estéril debate sobre si leer nos hace mejores, como si se sugiriera que hay una relación entre el ancho de la biblioteca y la catadura moral del lector. Leer no nos hace mejores, pero puede ayudarnos a habitar la calma, a refugiarnos del viento para salir a remar con más ganas, a navegar, como París -ciudad con mucha épica y poco mar-, en el batir de las olas, pero sin hundirnos.
«Porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba».
Bodas de sangre — Federico García Lorca
Por Raquel Cernuda